Comienzas a moverte,
remoloneas entre las sábanas, y te quedas mirándome… Me sumerjo en tu mirada,
me pierdo en tus retinas. Me sonríes, y pierdo todas mis nociones de tiempo y
espacio.
Puedo respirar paz
mezclada con tu aliento, y alimentarme de la más grande alegría con la fuerza y
la belleza de tu sonrisa. El éxtasis que me produce el roce de tu piel, es casi
inhumano.
Toca desayunar… Me pido
una ración de besos. Y, sin pensarlo dos veces, me los concedes.
Tras un buen rato,
conseguimos apaciguar la pasión, y salimos de la cama. Te comienzas a poner la
ropa, y yo observo tu cuerpo medio desvestido. Atentamente, como si de algo
mágico se tratara.
Y… listas para salir.
Comenzamos a perdernos entre las calles; el asfalto está mojado. Semáforo en
rojo, beso. Viento frío, abrazo.
Decidimos comer en el
primer restaurante que se nos cruza, tras una larga caminata. Comenzamos a
charlar, y, mientras tanto yo, me transporto a un mundo paralelo, donde analizo
tu voz. Quedo cautivada por ella, por su perfección.
Avanzan las horas, y cada
minuto es como un regalo. Seguimos vagando sin rumbo fijo por la ciudad, el sol
del ocaso refleja sobre tu cara, y te ves el doble de bonita.
Oscurece el cielo,
comienza a anochecer. Va desapareciendo el Sol, y con él, tú… Tu silueta se
difumina a lo lejos. Y, lejano, parece comenzar a sonar algo…. Es el
despertador. Entre sábanas me encuentro de nuevo, mi mirada te busca, de lado a
lado, pero no estás. Había vuelto a soñar contigo. Todo, absolutamente todo,
era un maldito sueño…
Pero, no pasa nada. Sé
que hoy, un día más, sale el mismo Sol por nuestras ventanas. Al igual que, por
la noche, observamos la misma luna.
Recuerda: “La distancia
es una putada, no un impedimento…”. Te quiero.
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